Turgencia conceptual
Crear un discurso acerca de la propia obra no me parece una tarea de dificultad moderada sobre todo por la cantidad de contradicciones que suscita en mí. Si el discurso se crea a posteriori me resulta en general difícil reconocerme en él y termina siendo superfluo el esfuerzo. Si está hecho a priori, en general me resulta más bien dañino, además de que me desagrada concebir una obra desde la mente fría y calculadora.
Si no puedo, pues, conceptualizar ¿será lícito considerar carente de sentido mi producción? Este es un camino fácil también porque puedo resolverlo diciendo: la falta de sentido es el caos, el caos es un tema perfecto, asunto solucionado.
Se podría formular la siguiente hipótesis que, por lo demás, me genera cierta desconfianza: las elecciones que hago al fotografiar una cosa y no otra o al encuadrar un plano de una u otra manera son de carácter estético, entonces su valor se encuentra en la obra en si, no en su supuesto sentido o significación teórica.
El año pasado y parte del anterior estuve trabajando consistentemente en un laboratorio color que monté en mi domicilio y que me ha aportado todo tipo de sensaciones agradables, creo asimismo que aun debo descubrir el método, en el sentido mas amplio en que pueda ser interpretado. Tengo ansias de conocimiento y en esas ansias introduzco las manos en los tóxicos químicos fotográficos, desearía al menos aprender a ponerme los guantes de goma.
Me intriga, además, descubrir qué es lo que hace que al tomar un fragmento, por ejemplo, de la cotidianeidad, oh! Sumum de la trivialidad, sobre el soporte fotográfico y mostrarlo o contemplarlo, sea considerado como una obra, ¿qué es lo privativo de la obra de arte? ¿Qué es lo que hace a la calidad? ¿Será la simplicidad, que conmueve? ¿Serás tú, oh, alabada simplicidad.
|